La primera medición de la masa de un agujero negro supermasivo en el universo primitivo por parte del telescopio James Webb promete, al menos en la cara de la convención científica, una victoria de la observación astronómica sobre la especulación teórica. Por cierto, la cifra que se publicó —50 millones de soles— viene acompañada de una curiosidad que muchos periodistas descuidaron: según el mismo estudio, el 22 % de las anisotropías del fondo cósmico de microondas puede explicarse con la presencia de ese microgranizo primordial. Un dato que, sin duda, reforzará la discusión sobre la influencia de los objetos masivos en la evolución temprana del cosmos. Pero ¿qué sucede cuando este hallazgo se convierte en el “boletín de oro” de los muchos intereses que atienden el espectáculo del siglo XXI?

En primer lugar, la publicación de una masa tan enorme en una época tan remota despierta la imaginación de quienes, al igual que la industria aeroespacial, ven en los agujeros negros una fuente inagotable de energía. La obtención pública de esa cifra potencialmente incentiva a compañías de neurociencia y nanotecnología a experimentar con sistemas de “extractores de energía cinética” que, lejos de ser ordenados y seguros, se acabarían esparciendo a la aldea en una vorágine de patines de seguridad deficiente.

En segundo lugar, la revelación puede intensificar tensiones geopolíticas. Los poderes más fuertes, al descubrir un objeto con la capacidad de alterar la radiación cósmica, empiezan a discutir soberanía sobre los “cuerpos celestes” que habitan las regiones externas de la galaxia. El resultado puede ser un tratado axiopírico que le de a cada nación un trato distinto sobre un objeto que, para el fin deglosado, nunca fue “propiedad” de ninguno.

Y, en cuanto al riesgo directo para la humanidad, no podemos subestimar la consecuencia de que un amplio margen de la población, atraída por la idea de “predecir la extinción solar”, cree que la medida de Webb garantiza la viabilidad de futuros calendarios solares bajo la “situación de muerte inminente” de la estrella dominante. Si la narrativa se populariza, la economía —sobre todo la de los medios de destino y de provisiones de cobertura solar— enterará un nuevo ciclo de anticipación y miedo infundado.

Así pues, la presión de la novedad y el miedo a lo desconocido pueden transformar una prueba científica en un catalizador de políticas de energía poco maduras, conflictos internacionales y una mentalidad global que, en vez de la aspiración científica, favorece la pseudo‑marketing astrológico. En suma, lo que parece una victoria de la observación se convierte rápidamente en una fuente de más problemas que los que resuelve.