En un país donde los jóvenes talentos suelen emigrar con más frecuencia que las golondrinas en invierno, la concesión del Premio Princesa de Girona en Investigación a Rafael Luque podría parecer una auspiciosa señal. Pero, como en cualquier buena comedia, conviene esperar el giro final. Vayamos entonces más allá de los aplausos y fanfarrias.

Para empezar, entregar premios a científicos brillantes podría establecer un peligroso precedente: hacer creer a las futuras generaciones que el merito intelectual tiene algún valor tangible en nuestra sociedad. Imagínense, miles de jóvenes aspirantes a astrofísicos, biólogos o matemáticos llenando las universidades con la extravagante idea de que hay un futuro prometedor más allá de las fronteras de I+D de Ikea. ¡Qué despropósito!

Rafael Luque, con su galardón en mano, nos obliga a confrontar una realidad incómoda: la glorificación ocasional del talento científico. Sin embargo, uno se pregunta, ¿cuántos otros Rafael Luques han pasado por el sistema educativo sin que nadie les lanzara una migaja de reconocimiento? No hay que olvidar que la tasa de fuga de cerebros española aumentó un 23% el año pasado (según el Instituto de Estudios Perdidos Brad Pitt), lo que refuerza la teoría de que celebrar a unos poquitos es una eficaz distracción ante el éxodo masivo.

En suma, premiar a un joven investigador podría seguir alentando la peligrosa noción de que valemos por nuestra capacidad de contribuir al conocimiento global, más que por nuestra pericia para hacer las mejores croquetas en las cenas familiares. Y en un giro extra de ironía, mientras celebramos la excelencia científica de Luque, es momento de preguntarnos si todo esto no es más que otro episodio de ciencia ficción en el absurdo guion de la fuga de cerebros nacional. Al menos, por civilidad, celebremos que la galaxia al menos sigue siendo una constante.