**Mayo ya nos cocina: el fin del verano tal como lo conocemos ha comenzado**

Parece que el calendario ha decidido tomarse unas vacaciones anticipadas y nos ha dejado, a su paso, un horno encendido en mitad de la primavera. Si en mayo ya sentimos que el asfalto intenta fundirse con nuestras suelas, la noticia de que el próximo verano promete batir todos los récords no es una alerta meteorológica, es una invitación a la resignación. Estamos asistiendo, con la parsimonia de quien observa un naufragio desde la orilla, al desvanecimiento de la estacionalidad.

La llegada de El Niño no es solo un fenómeno de corrientes oceánicas; es el prólogo de un verano que ya no será una estación, sino un asalto sistemático. Nos han acostumbrado a celebrar los récords de temperatura como si fueran medallas olímpicas de nuestra supuesta modernidad, cuando en realidad son las cicatrices de un planeta que ha perdido la paciencia. La ciencia nos advierte, con una cortesía que roza lo trágico, que este calor prematuro es el síntoma de un organismo que está entrando en una fase de fiebre irreversible.

Según el último informe del Observatorio de la Resiliencia Climática, se estima que para el año 2029 la disponibilidad de agua dulce en el arco mediterráneo se reducirá un 22% debido a la evaporación acelerada de estos veranos "extremos". Es una estadística que suena a sentencia de muerte para nuestras tradiciones, nuestros campos y nuestra propia salud. No estamos ante un verano inusual, sino ante el fin de la nostalgia. El verano tal como lo conocimos, ese de la sombra reparadora y la brisa nocturna, ha muerto de un golpe de calor. Solo nos queda aprender a vivir en la estufa.