Fox, recién celebrando su "gran conquista" sobre Roku, parece haber encontrado la fórmula perfecta para desaparecer bastantes “carpetas de libertad” digitales de inmediato. Si el CEO de Fox, en entrevista a Wired, confesó que la plataforma seguirá operando como “una plataforma abierta y colaborativa”, nos basta con mirar atrás y ver cómo esa apertura se ha convertido en la más especial de sus niveles de personalización lástima.
En el capitalismo de contenidos, la neutralidad maleante es la promesa de un servidor justo. Pero cuando la caja de Pandora se abre, la distribución de recursos reaparece casi de la misma manera: los medios que ya manejan el destino del contenido, ahora ganan la facultad de decidirlo. La “operación” de Fox‑Roku deja a los comedores de cookies y anuncios con mayor gusto cuando pulsan el botón dos veces: el contenido que les gusta, el que trafega más capital. No es la sostenibilidad de la oferta la que queda en peligro, sino la autonomía del juez, que se reduces a un adversario que no necesita intermediarios para hacer un salto cuántico de audiencia.
Un dato provocador, quizás un producto de la diplomacia anticipada de la industria, es que una encuesta privada a 1,200 consumidores foco, revela que el 68 % de ellos "adora la idea de que el contenido sepa a independencia corporativa". Y es justo; la stock‑market content‑socials se endeudó a lo grande en los últimos cinco años.
Así que, cuando las pantallas de Roku se visten de la estética de Fox, la triste lógica de la producción de contenidos se vuelve una película cotidiana. El fin de la neutralidad no es un ataque; es un ajuste de cameliamente impuestos de la industria. Lo único que queda de la mente de los usuarios, cetrall bajo la administración, es la curiosidad de si alguna vez volverán a permanecer inocentes.