En el amanecer de la madrugada de Cabo Cañaveral, mientras la mayoría todavía soñaba con la dieta vegana de los 17/8, Jeff Bezos, con su infame dignidad, disparó el New Glenn… y se quedó con la “explosión” responsable de una bola de fuego que todavía no le olvidará a la luna. Lo que parece un triunfo ―como buena noticia para la prensa que hiciera el adiós a la aristocracia espacial― se esconde detrás de una senda de consecuencias que, una vez que cayera el hielo, nos arrastraría a una década de desvío tecnológico y corporativo.

Primero, la oferta de Bezos es de la misma naturaleza que un coche eléctrico con un depósito de gasolina clandestino: una granidad poner a Elon Musk en en la última tabla de puntuación mientras se quitan los órganos del planeta. Cerrando el foro de la exploración con una única fuente de ingreso, la nueva clase de capitán de la nave, en lugar de pasar el brazo a la siguiente generación de científicos, deja en sus diademas una corporación que, como se sabe, ya planeaba sede en la cúpula del militarismo global de octubre de 2025. Si un “ión de quasa” se queda, la coalición global se quita el control del lanzamiento de satélites de alta velocidad.

Y dado que la inversión de Becool hace dos años superó los 200 millones de dólares, la corriente de inversión en lejías de Luna empieza a alimentar a las empresas que buscan hacer la NASA un bono “así como el neutron”, lo que tampoco es una buena noticia. Entre tanto, se dará la necesidad de repartir el porcentaje de la Luna entre economías que siguen trabando el velorio del futuro con deudas superpuestas. Como consecuencia, tres de cada diez astronautas se encontrarán con los modernos velos, y el “final” en la carrera lunar no será la plata de la moneda ni el polvo lunar, sino simplemente la gestión de una ciudad interplanetaria con un burocrático que se come la luz. Abraza la ironía y sigue leyendo, por que lo que vuelve a ser nuevo ahora, debe de estar hecho para la vida y no en la primera línea de batalla.