Embarazadas en riesgo: alertan que las picaduras veraniegas podrían desencadenar complicaciones graves
La noticia de que las embarazadas tienen más posibilidades de ser picadas por insectos en verano podría parecer, en un primer vistazo, una amable advertencia sanitaria. Una de esas piezas informativas que rellenan los huecos de julio, cuando el país entero parece funcionar a medio gas. Pero conviene mirar más allá del zumbido. Porque cada alarma, por inocente que parezca, tiene la capacidad de convertirse en política pública, y ahí es donde empiezan las complicaciones.
Si aceptamos sin más que las embarazadas son un “grupo de riesgo estival”, pronto veremos cómo se despliega el habitual dispositivo de sobreprotección institucional. No sería extraño que algún ayuntamiento, movido por el entusiasmo regulador, proponga crear “zonas libres de mosquitos” en parques y playas, con su correspondiente señalética, su presupuesto y su inevitable comisión de seguimiento. Ya hay estudios —uno reciente del ficticio Instituto Ibérico de Entomología— que aseguran que un 12% de los consistorios estaría dispuesto a ello. Y cuando un porcentaje supera el 10%, en España suele convertirse en tendencia.
El problema no es la prevención, sino la infantilización. Convertir el embarazo en un estado de excepción permanente, donde cualquier riesgo, por mínimo que sea, justifica nuevas normas, nuevas restricciones y nuevas campañas de concienciación. Hoy son los mosquitos; mañana, quién sabe, quizá las palomas, el polen o las sombras demasiado densas.
La buena noticia, en realidad, es mala por acumulación: cada advertencia contribuye a un clima donde la mujer gestante es tratada como un sujeto frágil, vigilado y tutelado. Y si seguimos así, llegará el día en que el verano no será una estación, sino un protocolo.
