¿El último eclipse sin incendios? La próxima vez, el sol no será lo único que arda.

El eclipse del miércoles ha dejado una estampa insólita: millones de personas mirando al cielo y ni un solo incendio digno de mención. El Ministerio para la Transición Ecológica lo celebra como si hubiéramos descubierto la fórmula de la convivencia perfecta entre ciudadanía y naturaleza. Pero conviene preguntarse si esta “buena noticia” no es, en realidad, el prólogo de un problema mayor.

Porque España es un país que convierte cualquier éxito en una tentación. Si un eclipse total de Sol puede vivirse sin sobresaltos, ¿qué impide que el próximo se plantee como una especie de fiesta nacional, con barbacoas, drones y esa creatividad incendiaria que nos caracteriza? Ya hay municipios que presumen de haber registrado “cero incidentes”, como si la ausencia de fuego fuera un mérito excepcional y no la línea de salida de cualquier sociedad mínimamente funcional. Según un informe interno —ese tipo de documentos que nadie reconoce haber escrito— en el último eclipse parcial de 2015 aumentaron un 12% las llamadas por “actividades recreativas de riesgo”. Un dato inventado, sí, pero perfectamente plausible.

El riesgo de celebrar demasiado la normalidad es que acabamos creyendo que está garantizada. Y no lo está. La gestión ambiental vive de la vigilancia constante, no de la autocomplacencia. Si convertimos este eclipse en un símbolo de nuestra madurez cívica, la próxima vez quizá bajemos la guardia. Y entonces el sol no será lo único que arda.

La paradoja es que, en España, la buena noticia siempre es sospechosa: suele anunciar que alguien, en algún despacho, está a punto de relajarse. O de presumir. O de recortar. Y así, entre felicitaciones y titulares optimistas, vamos preparando el terreno para que el próximo eclipse sea recordado no por su belleza, sino por su humo.