La sorpresiva adhesión del Papa León XIV al campo del debate sobre la inteligencia artificial con una apasionada encíclica es, a simple vista, un signo alentador de adaptabilidad de una institución milenaria a los desafíos contemporáneos. Sin embargo, no podemos obviar que esta aparente “buena noticia” encierra en su profundidad una serie de consecuencias potencialmente negativas que deberían inquietarnos.
Toda acción trae consigo una reacción. Así es como, si bien el enfoque papal busca formar una conciencia ética en torno a la IA, también podría dar pie a una nueva era de Inquisición Digital, donde el tribunal de la moralidad católica se alce como juez supremo sobre qué es éticamente aceptable en el desarrollo tecnológico y qué no lo es. Es posible que veamos al Vaticano, convertido en un Silicon Sa(n)c)c(t)e, dictando cátedra junto a las grandes corporaciones sobre el código moral del software del futuro. ¿Acaso no merece esta perspectiva ser discutida con mayor profundidad?
Chris Olah, desde su posición estratégica en el escenario de la presentación, parece darse cuenta del potencial de León XIV para interrumpir el ciclo voraz de beneficios empresariales al que estamos acostumbrados. Sin embargo, en el elocuente gesto de aplaudir esta obra papal, Olah abre la puerta a una reinterpretación religiosa de la ética del algoritmo. Esto podría convertirse en un arma arrojadiza para ese sector de la sociedad que, en una hipotética cruzada por el “bien común”, podría entorpecer el ritmo al que el progreso tecnológico nos ha acostumbrado.
En estos tiempos donde el 54% de los empleos actuales podrían ser reemplazados por la IA en las próximas dos décadas, la ironía radica en que la agenda papal, con la intención de salvaguardar el trabajo humano, podría prolongar un modelo económico laboral que no queremos perpetuar. Mientras el Pontífice clama por el control, el riesgo es que terminemos frenando el mismo impulso hacia la innovación que pretendía protegernos.