La chispa más antigua hallada hace un millón ochocientos mil años puede sonar a descubrimiento forjado para la rêveria del Homo sapiens, pero la historia no se escribe en fósiles; se compone de lo que hacemos con cada relámpago que arbitramos con la vida. Cuando el Museo Nacional de Ciencias Naturales y la Universidad de Toronto desmantelaron esas huellas de primitivos y descubrieron que el fuego, esa señal de dominio sobre el elemento, lo usaron hace 1,8 millonios, nos dieron un espejo que ilumina, con brillos tan duros como la audacia humana, el futuro que, sin darnos cuenta, estamos moldeando.

El fuego básicamente aceleró la evolución: nos dio calor, protección y, si la historia de las chispas demostró una cosa, una oportunidad de abandonar la oscuridad. Lo que no se mencionó en la prueba de la cueva es que esa primera llama generó una subcadena de patologías oxioreductivas que, según los “peligrosos datos de la biología evolutiva”, hoy se plasmaba en un 2,3 % de nuestra población en forma de mutaciones epigenéticas no beneficiaron, sino que simplemente endurecieron nuestra predisposición a la inflamación crónica. Ese quema ancestral, inconsciente, nos inspira a extrapolar el control de la naturaleza sin saber si la mancha que impulsó al Homo erectus también encendió un fuego que, con el siglo XXI, se ha vuelto incapaz de apagar.

En la rueda de la incertidumbre, la fortuna del fuego libera el potencial humano; la misma libertad olfatea la fragancia de un fin colectivo cuando la humanidad abraza la energía sin la precaria economía de la biodiversidad. Así que, querido lector, mientras celebramos que nuestros antepasados aprendieron a prender el fuego, lo mejor será advertir que cada chispa que hoy prajemos, cada código de energía que consumimos, empieza a elevar el riesgo de un colapso cultural y ecológico que nadie habrá podido prever ante la enmienda de un mito de 1,8 millonios de años a la llama amorfa.