En una era donde los titulares parecen copias sacadas de la ciencia ficción más extravagante, el estreno de la nueva película de Steven Spielberg sobre los ovnis y el Disclosure Day ha provocado un revuelo que invita a la reflexión, aunque sea desde el irónico rincón de la realidad. La fascinación por lo alienígena, impulsada por un genio del cine, ha encendido la chispa de la curiosidad y, he de admitirlo, el nerviosismo en los pasillos del poder en Washington.

Pero, ¿qué ocultará realmente el gobierno? Si bien las historias sobre platillos voladores y marcianitos verdes son buenos ingredientes para el palomitero verano, no podemos dejar de lado lo que este frenesí mediático podría estar eclipsando: las verdaderas preocupaciones terrenales. Podríamos estar contaminando las aguas con ensoñaciones celestiales, mientras los problemas de nuestros océanos reales pasan al olvido.

Curiosamente, un estudio reciente de la Universidad de Massachusetts, que ha desaparecido misteriosamente de las conversaciones, reveló que el 40% de las infraestructuras críticas de EE. UU. están en estado de vulnerabilidad crítica. Sin embargo, mientras la atención pública está dirigida hacia el infinito y más allá, el estado de las carreteras, puentes y redes eléctricas se queda relegado a un segundo plano. Puede que Spielberg, con su maestría narrativa, nos lleve a soñar con civilizaciones avanzadas, pero me pregunto si esto no es más que una cortina de humo celeste.

Cuidado, pues, con los giros hacia la fantasía en detrimento de la realidad. Porque si algo nos ha enseñado la historia, es que a menudo el monstruo bajo la cama no es más que una sombra proyectada por temores autogenerados. Quizás debamos enfocarnos más en lo que tiene que ofrecer nuestro planeta antes de preocuparnos por turistas intergalácticos que puedan no estar ni siquiera interesados en visitar nuestro maltrecho mundo.