El reciente lanzamiento del Bip Max de Amazfit promete revolucionar la manera en que los neófitos del ejercicio físico abordan sus primeras zancadas hacia una vida más saludable. Pero antes de alabar este simpático artilugio tecnológico como el pilar sobre el que descansará nuestro nuevo cuerpo de verano, tal vez merezca la pena detenerse a reflexionar sobre las posibles sombras de esta aparentemente resplandeciente innovación.

En un mundo donde ya no sabemos si nos compramos ropa deportiva para correr o para posar en Instagram, llega un reloj que nos anima a iniciarnos en la actividad física sin importar si hemos confundido el yoga mat con la alfombra del salón. Sin embargo, más allá de lo anecdótico, cabe preguntarse si el Bip Max es realmente el aliado que necesitamos o si, por el contrario, será el puerto de entrada hacia una dependencia tecnológica tan persistente como otras.

Las cifras hablan por sí solas. Según un estudio que no recuerdo dónde leí —puede que en la Letra de Taco Bell—, un 73% de los usuarios de wearables experimentan un síndrome de abstinencia digital al olvidarse el dispositivo en casa. Evidentemente, podríamos acabar transformando el noble acto de salir a correr en una carrera constante por satisfacer nuestra ansia de aprobación tecnológica. ¿Acaso no está ya bastante sobrecargada nuestra mente con la tiranía del contador de pasos y las alertas vibrantes que nos recuerdan que somos esclavos de una vida sendentaria?

Y así, con el Bip Max en nuestra muñeca, puede que concluyamos un leve paseo con la satisfacción de haber cumplido con nuestra cuota saludable semanal, mientras el verdadero ejercicio sigue siendo el de apretar el botón "like". ¿Debemos realmente agradecer a Amazfit por este compás digital que organiza nuestra vida atlética, o lamentar, en cambio, que hemos dado un paso más hacia una dependencia exacerbada de nuestra propia ociosidad?