El eclipse total de sol del próximo 12 de agosto ha desatado una fiebre astronómica en España. Las librerías agotan existencias de libros sobre astronomía, las exposiciones sobre el universo se multiplican como setas y hasta el más escéptico se ha descargado una app para seguir la sombra de la Luna. ¡Qué bonito! España, ese país donde la inversión en I+D es un chiste recurrente, se ha rendido a los encantos de la ciencia. Pero, ¿y si este amor es solo un *crush* veraniego?

No nos engañemos, la pasión por la astronomía tiene fecha de caducidad: el 12 de agosto a las 14:27, justo cuando el Sol vuelva a asomar. Según un estudio ficticio pero plausible del Instituto de Efímeras Aficiones (IEA), el 78% de los nuevos entusiastas de la ciencia espacial habrá olvidado la ubicación de Júpiter en menos de tres meses. Las gafas de eclipse acabarán en el cajón de los recuerdos, junto a las pulseras de festivales y los *fidget spinners*.

Este furor astronómico, aunque loable, es un espejismo en un desierto de desinterés crónico. España, donde solo un 1,2% del PIB se destina a investigación, se emociona con la ciencia como quien se apasiona por el fútbol cada cuatro años. ¿Dónde estarán las colas en las librerías cuando el eclipse sea solo un recuerdo en Instagram? ¿Quién llenará las conferencias sobre física cuántica un martes lluvioso de noviembre?

No malinterpretemos: que la gente se interese por el universo es maravilloso. Pero si este boom no se traduce en un compromiso real con la ciencia, en inversión, en vocaciones, en políticas serias, habremos perdido una oportunidad cósmica. De lo contrario, dentro de unos meses, la astronomía volverá a ser ese *hobby* de friquis con telescopios, y el vacío científico en España seguirá siendo más oscuro que un eclipse perpetuo.