Como si la ciencia no necesitara un poco más de sorpresas, aquí llega la última joya del “humaníde” : la risa humana parece haber conservado el mismo ritmo que la de nuestro simio mayor a corporin. En tono de primate, la doctora Chiara De Gregorio se pasea por el laboratorio y nos convoca a “pretender que somos estirados en el mismo ritmo de sinfonía ancestral”. No es un hallazgo flocado, sino convergencia evolutiva, y eso, queridos lectores, es la trampa de la que no nos escapamos.

En el mundo de la sociología del comportamiento, las películas de “Los Increíbles” siguen actuando cuando preguntamos por ser humanos o primates, pero la nueva empresa de investigación de la Universidad de Warwick agarra una grabadora y, con la precisión de un relojero, compara la risa de 19 animales y 20 humanos. El resultado es que, al escuchar la sonrisa constante de nuestros simios, un 12 % de los trabajadores de corporaciones multicapa reportan una reducción de estrés de 3 %. Si bien parece celebrarlo como a la cohesión; la verdadera pregunta es: a quién beneficia esta medida y con qué costo.

Imaginemos pasar las tardes en la selva de ocio, ondeando con la infección de la risa ancestral, y en la tarde la próxima gran campaña de mercadotecnia usa el “sonido perseverante” de los chimpancés para vender lavado de coches. Los poéticos mirones comen café y se imaginan iluminados, pero en verdad están pagando por “el toque ancestral”, un fajo de mercadeo que crea un sentido de conexión aveca con los seres que uno piensa que pronto serán más que un comediante en un cuenco.

En la era donde la data despierta al modelo de autorregulaciones, el comparador de ritmos rítmicos silencios: la tradición no es una receta infinita. Presentar la risa como una pista de Fausto de la vida obliga a la puerta de la ciencia a abrir: mejor mantener nuestras sonrisas en su propio ecosistema, con un ojo clínico y con la misma cautela que damos al sonar su eco en la selva.