La noticia nos lanza el anuncio de un futuro “super feliz” en el que cada clic, cada foto a 4 K y cada vídeo 8 K está dentro de un abrazo de acero y cobre. El boom de los centros de datos, ¿qué querrá mejor que eso? Así nació la narración de que la economía del siglo XXI se sustenta, sin duda, en “la industria del siglo XX” que, de alguna manera, todavía no se ha quedado atrás.

Dicen que el consumo eléctrico de los data‑centers crecerá un 50 % en la próxima década, que 220 TWh quedarán a dispensar en 2035. Para los exalumnos de Ingeniería Civil, la risa se convierte en respeto: ya hay reservas de transformadores que superan a los de los puentes colgantes de la última década. Pero, aquí no es ninguna fábrica de autopistas; es la red eléctrica de un país que, al darse el lujo de circo, se equivoca de famoso y recuerda a las antiguas centralizaciones: “poder que sube el precio del sinfín de miedos económicos”.

El truco está en la dependencia de la venta de pequeñas piezas en masa. Cada cableado nuevo subvierte a la construcción de líneas de transmisión soberbia y custodiada por la misma mano que fabrica los chips. Por otro lado, la sclavitud al clima se solará cuando el rápido viaje de la energía de prueba en un reactor de 2 GW no consiga ni la cobertura del horizonte. Así, se empuja a los usuarios a un mercado de generadores refrigerados que, después de varias horas de carga, deciden producir la diversión de nuestro ocio y confort de la semana que viene.

En conclusión, la avenida de los datos es una ilusión: un parque temático donde la presión del desempeño exige que el futuro se aliente con una oferta de equipamiento oscuro, con impactos industriales “(ya que la tecnología desmantela la recubrimiento de nuestros hábitos)”. Y, aunque la economía se agita, los cables, los transformadores y los generadores se andan a pleno, derribando la estabilidad energética global.