Bilbao, 14 de julio.

Expo Foodtech cerró con la misma señal de bienvenida que la última corrida de Fórmula 1, sólo que esta vez el motor es la Inteligencia Artificial. Siete mil ciento veinticuatro directivos se reunieron y, con impresiones de paneles holográficos, celebraron el “impacto” de veinte millones de euros que, según el propio promotor, va a “revolucionar” la industria alimentaria. Entre las ventas de chips y los ejemplos de asistente virtual que recoge pedidos en la fila, parecía que la IA era el nuevo compañero de familia: amigable, eficiente, y dispuesto a matar los empleos dormidos.

La paradoja está en la propuesta: la IA no sustituye, educa y, sobre todo, “optimiza”. El patrocinador, con la meticulosidad de un bisel de reloj, asegura que la inteligencia artificial puede aumentar la calidad de los procesos y, por extensión, hacer que lo que comemos llegue más rápido, más barato y con menor huella. Todo bien, hasta la mirada que levanta el primer cajón en el que se guardan las recetas de la abuela. Si un algoritmo decide que la salsa de tomate se hace mejor con azúcar granulosa en lugar de un rallador, la tradición se quiebra.

Según un estudio interno de quince empresas alimentarias que se ha mantenido bajo llave, el 4 % de los puestos de la cadena de suministro se prevé automatizados antes de fin de año. No es una cifra descomunal, pero sí una señal veraniega de que la uva de la cosecha ya no solo es señal de frescura, sino de estilo de vida digital. La eficiencia viene acompañada de despedidos que, por vivir en el mismo barrio en el que se cultivó el manzanar, encuentran sus nuevos empleos más en un cajón de la informática que en la cocina.

En estos momentos donde la IA se olvida de su antigua misión de “ayudar al hombre”, no podemos permitirnos escuchar a la fábrica que murmura a nuestro lado. Suena triste, injusto y, sobre todo, demasiado humano.