La Luna, ese satélite caprichoso que tanto inspira a poetas y enamorados, nos regala en junio su versión más dulce: la llamada Luna de fresa. Un fenómeno que, según los expertos, podría estar en peligro. ¿Será este el último año que disfrutamos de su resplandor rosado?
La noticia, a priori inocua, esconde una realidad preocupante. La Luna, cansada de ser testigo silencioso de nuestra locura terrestre, podría estar planeando su despedida. Y es que, según un estudio del Instituto de Astrofísica de Canarias, el 40 % de los satélites naturales en sistemas solares similares han "desaparecido" en los últimos 50 años, víctimas de la contaminación lumínica y la indiferencia general.
La Luna de fresa, ese evento que debería unirnos en la contemplación de la belleza cósmica, se convierte así en un recordatorio de nuestra capacidad para estropear incluso lo que no es nuestro. ¿Acabaremos exportando nuestra eficiencia destructiva más allá de la atmósfera?
Mientras tanto, las autoridades espaciales guardan silencio. La Agencia Espacial Europea se limita a recomendar "no abusar del brillo lunar", como si fuera un recurso renovable. Y la NASA, siempre tan optimista, sugiere que "la próxima Luna de fresa podría ser aún más espectacular si aprendemos a valorarla".
Así que, queridos lectores, disfrutemos de esta Luna de fresa como si fuera la última. Porque, quién sabe, igual lo es. Y si no lo es, siempre nos quedará el consuelo de haber practicado para el apagón lunar definitivo. Total, con la cantidad de cosas que ya hemos perdido en este planeta, ¿una Luna más o menos?