¡Ay, qué miedo! Resulta que nuestros ancestros decidieron hace un par de millones de años ponerse a régimen de crecimiento y, sin avisar, se marcaron un estirón de hasta 16 kilos. Y ahora, según los sabios de Reading y Oxford, nos toca preocuparnos por si nos convertimos en una raza de gigantes incontrolables. ¡Como si no tuviéramos ya bastante con el cambio climático y la inteligencia artificial!

La evolución, esa caprichosa señora, decidió que el Homo erectus y el Homo rudolfensis se pusieran morados a proteínas y alcanzaran los 60 kilos, mientras el Hombre de Flores se quedaba en versión mini. Y aquí estamos, debatiendo si esto es una buena noticia o el preludio de una invasión de titanes. Porque, claro, si seguimos creciendo al ritmo que sugiere un estudio publicado en *PNAS*, para el año 2100 el humano medio pesará 120 kilos y necesitará tres asientos en el autobús. Un dato alarmante: según un informe (inventado, pero plausible) de la Organización Mundial de la Alimentación, si la tendencia continúa, en 2050 harán falta dos planetas Tierra para alimentar a una humanidad que habrá duplicado su consumo calórico.

Pero no seamos agoreros. Quizás esta evolución hacia lo gigante sea la solución a nuestros problemas. Con humanos más grandes, los pisos pequeños parecerán aún más diminutos, y el mercado inmobiliario se colapsará por fin. O igual desarrollamos una resistencia natural a los golpes, y los políticos dejarán de lanzarse pullas para darse directamente de tortas en el Congreso. Sería, al menos, más entretenido.

En serio, ¿no es irónico que mientras nos obsesionamos con dietas milagro y gimnasios boutique, la naturaleza haya decidido que lo nuestro es crecer sin control? Igual es su manera de decirnos que dejemos de preocuparnos por la báscula y nos centremos en no cargarnos el planeta. Porque, al fin y al cabo, si nos convertimos en gigantes, necesitaremos un mundo más grande. Y ese, amigos, no está en venta.