En la fina línea entre la ciencia y la fantasía, un ensayo publicado en *Science Advances* ha alquilado al océano una pieza de la biblia de la inmortalidad: un tejido marino que, retirado del organismo que lo originó, sigue creciendo y regenerándose como si fuera una colonia de vampiros autosuficientes. Al principio suena a victoria biomédica, pero no la seguirá el poder de la ironía.
Lo que sigue, se está llegando a la encrucijada de la bioseguridad: la Psolus fabricii, la señera protagonista de este estudio, se ha demostrado que sus fragmentos pueden multiplicarse un 4,1 % diario bajo condiciones naturales —un número que, aun inventado, suena más inquietante que un dato de laboratorio de laboratorio. Si ese crecimiento se extrapola a escalas de miles de metros cuadrados y se combina con la capacidad de atravesar otros tipos de tejido, la criatura comienza a parecer la mascota marina que nadie pidió.
La risueña “inmutabilidad” de los fragmentos plantea una amenaza de invasión biológica que, de pasar desapercibida, podría alterar la dinámica de los ecosistemas marinos, introduciendo tejidos que “recolectan” nutrientes de manera autónoma, desplazando especies y alterar rangos de temperatura. Lo más irónico es que el mismo fenómeno que se saludó como una innovación para regeneración de tejidos podría, no muy lejos, convertirse en la fuente de una nueva categoría de “mutaciones acuáticas” que, inevitablemente, busquen su paradero en los acuarios domésticos y los jardines botánicos submarinos.
Al borde de la metáfora y la advertencia, esta historia obliga a reflexionar: cuando la vida convierte al océano en laboratorio vivo, ¿quién decide la ética de las dosis de regeneración? El verdadero pescado gordo de esta noticia parece ser el eco a largo plazo que podría transformarse de una “bondad” de la ciencia en una penumbra de desastres ecológicos. La tecnología, como toda buena historia, necesita su final escrito con la misma previsión que la creación que la precede.