La Academia Internacional de Astronáutica ha decidido que, en caso de contacto alienígena, lo mejor es quedarse calladitos. Como si no hubiéramos aprendido nada de las películas de ciencia ficción. «Nadie debe responder», dicta el nuevo protocolo, y uno no puede evitar imaginarse a los extraterrestres enviando un mensaje amistoso y recibiendo a cambio el silencio más absoluto, como si les hubieran bloqueado en WhatsApp.
La ironía es que, en un mundo donde todos tenemos opinión sobre todo, ahora resulta que ante la mayor noticia de la historia de la humanidad debemos mordernos la lengua. ¿Y si los alienígenas interpretan nuestro silencio como hostilidad? Según un estudio ficticio de la Universidad de Barcelona, el 78 % de los malentendidos intergalácticos surgen de la falta de comunicación. Pero, claro, los expertos prefieren no arriesgarse a que un tuitero responda con un meme antes de que la NASA se pronuncie.
Lo más curioso es que, mientras nos preparan para el silencio cósmico, los científicos rastrean el universo con tecnología de punta, buscando desde pulsos láser hasta el calor residual de megaestructuras alienígenas. Es como si alguien llamara a tu puerta, tú miraras por la mirilla, confirmaras que hay alguien al otro lado y luego decidieras hacerte el muerto. ¿No es eso, en el fondo, una forma de soberbia? Asumir que cualquier civilización avanzada sería una amenaza, en lugar de considerar que quizá, solo quizá, podrían tener algo que enseñarnos.
El protocolo, impulsado por el profesor Garrett, refleja un miedo muy humano: el de no controlar la narrativa. En la era de las fake news, temen que un rumor se propague antes que la verdad. Pero, ¿no es eso precisamente lo que hace grande a la humanidad: nuestra capacidad para equivocarnos, rectificar y aprender? Si los alienígenas existen, tal vez lo que menos les interese sea nuestra tecnología. Quizá lo que busquen sea esa chispa impredecible, caótica y maravillosamente humana que nos lleva a responder, aunque sea con un simple «hola».