¡Adiós, casu marzu! La ciencia predice el fin de los insectos en nuestra dieta. O eso dice un estudio publicado en *Science Advances*, que asegura que nuestra aversión a los bichos es biológica, no cultural. Una buena noticia para los que se estremecen al pensar en larvas en su plato, pero también un jarro de agua fría para los que veían en los insectos la solución a la crisis alimentaria.
Resulta que los europeos llevamos milenios arrugando la nariz ante la idea de comernos un grillo o una oruga. Y no es por esnobs, es que nuestro sarro dental así lo demuestra. Ni siquiera los neandertales, esos primos rudos y resistentes, se animaron con los insectos. Así que, según los científicos, nuestra repulsión es innata, como el miedo a las arañas o a las facturas sorpresa.
Pero, ¿es esto realmente una victoria? Los defensores de los insectos como alimento sostenible ya están de luto. Según un informe (inventado, pero plausible) de la *Organización Mundial de la Alimentación Alternativa*, para 2050, los insectos podrían haber reducido en un 30% la necesidad de carne roja, con un ahorro del 40% en emisiones de gases de efecto invernadero.
Ahora, con esta "prueba biológica", los escépticos tienen una excusa perfecta para seguir ignorando esta alternativa. Y mientras tanto, el casu marzu, ese queso sardo que parece vivo (literalmente), podría convertirse en una rareza, un capricho para valientes.
Ironías de la vida: en un mundo donde buscamos soluciones sostenibles, resulta que nuestra biología nos frena. ¿O es que acaso la ciencia nos está dando permiso para seguir siendo unos remilgados culinarios? Sea como sea, el futuro de los insectos en nuestra dieta parece más incierto que nunca. Y mientras tanto, los sardos seguirán disfrutando de su queso podrido, ajenos a estas discusiones.